
Se me concedió la vista
para ver cuán equivocada
es la realidad, engañando cual ilusionista…
Se me concedió tacto
para sentir los obstáculos con tiempo,
pero nada me salva de cada impacto…
Se me concedió olfato
pues oler la muerte, el dolor y el olvido
me haría, supuse, invencible a su poder ingrato…
Se me concedió gusto
para disfrutar el mundo de sensaciones
que, no obstante, a mi placer injusto.
Se me concedió el oído
para que el canto de vida me bañara,
siendo ahora solo un disfrazado ruido.
Lo que veo es falso o peligroso
y cuando lo toco mayor muerte siento;
huelo el fin armonioso
que me sabe a puro excremento,
y entonces oigo que pronto pasará
y que alguien me tocará delicadamente,
susurrando que mi alma se levantara
oliendo campos de ensueño y, de repente,
mi boca paladeará el sabor de la vida.
Copyright © Alberto Gómez Herrera
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